Nuestro objetivo no debería ser simplemente
colocar a nuestros hijos en una buena escuela. No es solo
preguntarnos: “¿Dónde aprenderá mejor mi hijo?”, sino: “¿Con qué cosmovisión
estará siendo formada su vida?”. Porque al final,
no solo es traspasar conocimientos. Es formar sus vidas.
POR NICOLE WEINERTH DE GUERRA
PUBLICADO EL 24 DE Apr DE 2026 08:10 PM
LECTURAS 21
Para nadie es sorpresa que tomar decisiones es
una parte fundamental de la crianza. Desde el primer día nos enfrentamos a
muchas preguntas que nos demandan respuestas, y nos exponemos a una gran
variedad de opiniones, sugerencias y opciones que fácilmente pueden hacernos
sentir abrumados. De todas las decisiones que tomamos en la vida de nuestros
hijos, pocas tienen un impacto tan profundo como la elección de su educación.
Elegir un colegio no es simplemente tachar un pendiente en una lista, implica
evaluar cuidadosamente múltiples factores para tomar la mejor decisión posible.
En el fondo, todo padre quiere lo mismo: hacerlo
bien y darle lo mejor a sus hijos. Nos esforzamos por brindarles buenas
oportunidades, cuidar su bienestar, proveerles lo necesario para que puedan
desarrollarse y prepararse de cara al futuro. Si hiciéramos una encuesta y preguntarámos
a los padres qué criterios utilizan para elegir la escuela de sus hijos,
probablemente la gran mayoría coincidiría en responder lo mismo. Normalmente
nos enfocamos en aspectos importantes como lo académico: ¿serán desafiados y
bien preparados?; la seguridad: ¿estarán protegidos y bien cuidados?; el
ambiente: ¿se preocuparán los maestros?, ¿será una comunidad sana?; y lo
práctico: la ubicación, los horarios, las actividades extracurriculares y, por
supuesto, el costo. Todas estas cosas importan. Realmente importan. Y es bueno
que las consideremos con seriedad.
Sin embargo, cuando estos son los únicos o
principales factores que guían nuestra decisión, corremos el riesgo de pasar
por alto una realidad fundamental: todo colegio enseña desde una cosmovisión;
puede ser intencional o no, bíblica o secular, pero nunca es neutral. Y todo
colegio enseña mucho más que contenido académico porque todo colegio discipula.
No sólo transmite información; también transmite una manera de ver la realidad.
Siempre está formando la manera en que nuestros hijos entienden y viven el mundo,
para bien o para mal.
Toda institución educativa está enseñando a
través de una filosofía particular. Está ofreciendo respuestas a las preguntas
más fundamentales de la existencia humana: ¿de dónde venimos?, ¿quiénes somos?,
¿qué es la verdad?, ¿qué es el bien y el mal?, ¿qué significa vivir bien? y
¿cuál es nuestro propósito aquí?. Y esto no ocurre únicamente en clases de
filosofía o religión. Ocurre en todo momento: en las conversaciones del aula,
en los libros que se leen, en los temas que se enfatizan, en lo que se celebra,
en lo que se corrige y en lo que se persigue. Incluso en materias que parecen
puramente objetivas, como la ciencia o la historia, siempre hay supuestos
detrás de lo que se enseña.
Por ejemplo, la forma en que se explica el origen
del universo revela una postura sobre si existe o no un Diseñador. La manera en
que se define al ser humano refleja una visión de su valor y propósito. Y la
moralidad que se enseña siempre se ancla en algo: en un fundamento objetivo o
en criterios subjetivos.
Es decir, nuestros hijos no solo están
aprendiendo matemáticas, arte o lengua española; están absorbiendo ideas que
van moldeando de forma sutil su manera de pensar (lo que cree y valora) y de
vivir. Es que al final, cada niño está siendo “adoctrinado” por alguien: ya sea
la cultura, los medios de comunicación, las series, y, aunque pensemos que no,
y sí, hasta el colegio. Aun cuando se presente como “neutral” o no sea
religiosa, allí inevitablemente se forma a sus estudiantes desde alguna
cosmovisión particular, ya sea humanismo, cientificismo,
posmodernismo, o cualquier otra. Y cada cosmovisión responde de alguna manera a
cada una de esas preguntas fundamentales mencionadas anteriormente.
Como padres cristianos, deseamos transmitir la fe
a nuestros hijos. Sin embargo, a veces subestimamos el poder formativo del
entorno escolar, donde nuestros hijos pasan una cantidad significativa de horas
cada día, precisamente durante años clave de su desarrollo. Serán expuestos a
muchas ideas, ideas que poco a poco moldean lo que creen. Y lo que creen,
inevitablemente, termina dando forma a cómo viven. Por eso, el entorno al que
exponemos a nuestros hijos está constantemente formando y discipulando. Serán
influenciados, pero ¿por quién? Y es que aunque la cosmovisión no siempre se
enseña, siempre se absorbe. En ese sentido, el autor Voddie Baucham lo expresó
bien cuando dijo: “Si seguimos enviando a nuestros hijos al César para su
educación, debemos dejar de sorprendernos cuando regresan a casa como romanos”.[i]
Cuando los colocamos en una escuela que no está
alineada con nuestra cosmovisión, la crianza se convierte en una tarea cuesta
arriba, en la que constantemente debemos reforzar las ideas que intentamos
inculcar en casa, para contrarrestar aquellas que reciben constantemente en el
aula. Colocamos a nuestros hijos en un ambiente hostil a nuestras creencias, y
crea en ellos un choque de ideas que a su edad no saben procesar ni discernir.
Es fácil pensar que una idea aislada no tendrá
gran impacto. Pero la exposición constante, repetida y normalizada a ciertos
mensajes termina moldeando profundamente la forma de pensar de nuestros hijos.
Si un niño escucha continuamente que la moralidad es subjetiva, que la
identidad se define exclusivamente desde el interior del individuo o que la fe
es un asunto privado sin relación con la verdad, esas ideas pueden comenzar a
parecer normales, incluso si contradicen lo que se enseña en casa. Por esto, esta
decisión no se trata solamente sobre la educación; se trata de discipulado y
formación espiritual.
Por eso es clave recordar nuestro rol principal
como padres: somos los principales formadores de nuestros hijos. Ninguna
escuela, por más “buena” que sea, puede reemplazar la labor que nos corresponde
en el hogar. No elegimos una escuela para delegar esa responsabilidad, sino
para encontrar un aliado en nuestra tarea de formación: un entorno que no
contradiga lo que creemos, sino que nos ayude a sembrar en la mente y el
corazón de nuestros hijos una cosmovisión coherente a la realidad del mundo.
Mientras más alineadas sean las ideas a las cuales se exponen en el hogar y la
escuela, más probable será que las verdades que enseñamos echen raíces
profundas.
Es necesario que como padres examinemos con
cuidado la filosofía de cada opción educativa a través de preguntas más trascendentales.
Por ejemplo, ¿cómo define una escuela el éxito? ¿Se mide únicamente por el
rendimiento académico y la preparación profesional, o también incluye el
carácter, la virtud y la sabiduría? Cuando una escuela habla de identidad, ¿qué
está asumiendo? ¿Es algo que construimos a partir de nuestros sentimientos, o
algo que recibimos? ¿Cómo se maneja el desacuerdo moral? ¿Reconoce una verdad
absoluta, o se promueve un relativismo donde todas las posturas se consideran
igualmente válidas? Estas no son preguntas secundarias; son preguntas
fundamentales ya que las respuestas que nuestros hijos absorben día tras día,
año tras año, no se quedan en el salón de clases. Con el tiempo, comienzan a
formar el marco a través del cual interpretan la realidad.
Aunque hay muchas consideraciones de peso, cada
una debe ocupar el lugar correcto dentro de nuestras prioridades. La ubicación,
el costo, la infraestructura, el nivel académico y las actividades
extracurriculares son importantes y deben tenerse en cuenta. Sin embargo,
ninguna de estas debe opacar la pregunta fundamental: ¿qué cosmovisión del
mundo está transmitiendo esta escuela a mis hijos? Es fácil dejarnos llevar por
la conveniencia o el prestigio, especialmente en una cultura donde el éxito
está relacionado con el estatus social. Pero no debemos priorizar la reputación
de una escuela si al final es un lugar que contradice las convicciones
esenciales de la familia.
Estamos llamados a ser intencionales y diligentes
al evaluar las opciones que consideramos para nuestros hijos. Algunas pautas
prácticas pueden ayudarnos en este proceso: conversemos con otros padres,
hagamos preguntas, visitemos las escuelas y, si es posible, observemos las
aulas. No tengamos temor de hacer preguntas directas. Prestemos atención no
solo a lo que la institución declara en su misión o visión, sino también a lo
que, en la práctica, se celebra, se tolera y se corrige. No solo tenemos el
derecho, sino también la responsabilidad de conocer el entorno en el que
nuestros hijos están siendo formados.
Al final del día, elegir un colegio no se trata
solo de decidir dónde van a aprender nuestros hijos, sino de entender cómo
serán formados. Es el lugar donde no solo adquirirán conocimientos, sino donde
también desarrollarán hábitos, abrazarán valores y adoptarán ideas que los
acompañarán y moldearán a lo largo de toda su vida.
Así que sí, evaluemos lo académico. Sí, evaluemos
la seguridad y el ambiente. Sí, consideremos los aspectos prácticos. Pero
vayamos un poco más profundo…
Nuestro objetivo no debería ser simplemente
colocar a nuestros hijos en una buena escuela. Por eso, no es solo
preguntarnos: “¿Dónde aprenderá mejor mi hijo?”, sino: “¿Con qué cosmovisión
estará siendo formada su vida?”. Como padres, Dios nos ha confiado esa
responsabilidad. Debemos asumirla con seriedad, evaluarla con sabiduría y
vivirla con fidelidad. Y en esa labor, cada decisión cuenta. Porque al final,
no solo es traspasar conocimientos. Es formar sus vidas.
[i] Baucham, Voodie. Family Driven Faith: Doing What It Takes to Raise Sons and Daughters Who Walk with God.
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